2 sept. 2015

Burra #6

Vi una foto titulada “Burra #6”. Mi primer pensamiento fue que el fotógrafo había estado delante de por lo menos, otras 5 burras. Quien sabe cuantas vinieron después de la número seis. No se trataba de una burra de verdad, si no de un muñeco encima de una plataforma con ruedas. Esa burra podía haber competido en carreras junto a un coche. Al menos cumplía una gran parte de los requisitos: las 4 ruedas.

De este episodio hace unos 5 años, y sigo sin saber quien era el fotógrafo, ni porque fotografiaba burras de juguete. Es probable que le fascinara que un fabricante escogiera este de entre todos los equinos, pero sigue siendo curioso que le asignara un género a ese juguete para niños. Y sobre todo, me resulta perturbador imaginar el número de burras de juguete que se han fotografiado.

16 abr. 2013

De tres en tres


Me desperté sobresaltado por una erección considerable. Bueno, realmente lo que me sobresaltó fue el despertador, pero la erección viene a cuento de lo que acababa de soñar. Paré la máquina que tenía a mi lado. No os preocupéis, no se trataba de ningún tipo de respirador artificial, ni monitor de constantes vitales, ni nada por el estilo. Era mi único, mejor, y completamente revolucionario invento: una máquina de grabar los sueños. Esa pequeña joya de mi creación era capaz de monitorizar y grabar cada una de las imágenes que nuestro degenerado cerebro puede generar mientras dormimos, y almacenarlas en un soporte magnético. Por desgracia, se trataba de una cinta de formato Betamax, razón por la que mi máquina no me produjo ningún beneficio. Además, tampoco tenía un reproductor que funcionara con ese formato.

Esa es la razón por la que me pasaba entre una y dos horas en cada jornada laboral buscando por internet una de estas antiguallas. “¡Que cojones! ¡Si consigo sacar todo esto de mi cabeza habré creado un nuevo y definitivo tipo de porno!” – Me decía. Pero nunca había suerte. Cuando encontraba a alguien dispuesto a vender un video beta,  siempre acababa siendo un fraude. O me traían un maldito VHS  –alegando que eran la misma cosa- o directamente se presentaban en aquél callejón de mala muerte con los pantalones por la rodilla. Al parecer, “beta”, tenía algún significado extra en la comunidad gay de la ciudad. La jodida era digital.

Pasaron un par de años y yo seguía fiel a mi ritual. Me duchaba, cenaba algo, me metía en la cama, ponía una cinta en la máquina, me masturbada –sin terminar siempre- y me quedaba dormido. Lo de no terminar es porque tenía la teoría de que mi cerebro haría el resto del trabajo durante la noche, y así la máquina podría grabarlo. Como descubriría unos meses más tarde, no funcionó.

Finalmente llegó el día en que sonó el teléfono -no recuerdo porque estaba en casa. Debería haber estado en el trabajo, pero estaba en casa- y una voz de color gris me dijo “Tengo lo que buscas”. Era improbable que me estuviera ofreciendo un amor real y desprendido, o una suma de dinero incalculable, así que bien, tenía mi reproductor beta. Si la voz hubiese sido amarilla, o tirando a verde, habría dudado de las palabras de ese individuo. Al fin y al cabo, después de tantas decepciones, habría sido lo más normal. Pero esa voz era gris. Una voz de ese color no miente ni promete. Simplemente suelta verdades después de haberlas desgastado un poco con un rallador de tomate. Me dio una dirección, y me dijo que preguntara por Ayurdi. Mañana, a lo largo del día, pero no antes de las doce. Hasta las doce estaba con las chicas.

Me desperté  antes de las nueve. “Las chicas”, resonaba en mi cabeza. ¡Qué cabrón! Pero poco importaba si me podía proporcionar el reproductor de video. Cuando lo tuviera, sacaría el material de todas esas cintas y me forraría con él. El ir y venir de chicas no pararía nunca en mi casa. Desayuné una cerveza. Me encanta la cerveza. Si no fuera porque los médicos aseguran estar convencidos de que es necesario beber agua, bebería únicamente cerveza. También está el tema del alcoholismo, pero se podría decir que eso es un efecto secundario del buen humor, como su inevitable consecuencia, la cirrosis hepática.

Una vez vestido, me fijé bien en la dirección, y la busqué en internet. Era la dirección de uno de los mejores hoteles de la ciudad, en el centro. Tardaría poco más de treinta minutos en llegar hasta ahí, así que decidí ir hacia allí y tomar un café en la cafetería del hotel. Con un poco de suerte, vería a las chicas.

La recepcionista me indicó que efectivamente el señor Ayurdi se hospedaba ahí con una preciosa voz azul. Son esas voces que, carentes de gravedad, se deslizan por el aire en línea recta, transmitiendo un mensaje claro y con buen olor. No obstante, no podía darme su número de habitación hasta las doce. Así lo había expresado él.

¡Cuántas voces marrones había en la cafetería! Estas voces de tonos y mensajes confusos, sin relevancia alguna siquiera para los interlocutores. Las voces marrones solo sirven para decir cosas como “Hoy va a llover” o “¿Has visto como se desplomado el índice  Nikkei 225”? Me agobiaban tanto que me puse los auriculares y me puse algo de música. No perdía de vista ni un momento las puertas del ascensor. En algún momento saldrían de ahí un grupo no menor de dos chicas bien vestidas, bien maquilladas, y esa sería mi señal para reunirme con el señor Ayurdi. A las once y cincuenta y ocho minutos aparecieron. Fue fácil distinguirlas. Eran tres. Eran increíbles. Jodido Ayurdi, que suerte tienes.

Volví a acercarme a recepción, y a unos pasos del mostrador, la chica que me había atendido antes ya había cogido un papel y un bolígrafo para apuntar algo. Antes de que pudiera siquiera saludar, ya me había entregado el papel con un número de habitación. Vestíbulo, ascensor, pasillo, toc-toc, “pase, por favor”.

La habitación era muy grande, y estaba sorprendentemente ordenada para lo que -suponía- acababa de pasar ahí. Ayurdi, con las manos siempre en el bolsillo de su bata, se sentó en una butaca y sin decir nada dirigió su mirada hacia la mesa. Ahí estaba: un fantástico reproductor de video beta que parecía completamente nuevo. Me sentí transportado a los ochenta, pero sin toda esa ropa y música hortera.

           ¿Cuánto quiere por ella?

           No quiero dinero.

(…)

Necesito que me hagas un favor. Luego podrás quedártela.

La voz de Ayurdi era completamente negra. Por un lado era imposible ver a través de sus palabras; por otro, daba la sensación que los oídos de uno se iban ensuciando a medida que escuchaba. Recordé que por teléfono había sonado gris. Supongo que el ancho de banda de la línea telefónica no es suficiente para transmitir según qué matices. Un favor. En mi mundo la gente sólo pide dinero a cambios de las cosas y los servicios. Únicamente en las películas se venden favores. En cualquier caso, me sentía tan fuera de mi ambiente que bien podría estar fuera de mi realidad. Resulta curiosa la percepción de la realidad. Es como estar dentro de un globo aerostático. No digo en la cesta, sino en el propio globo. A medida que van pasando los años, el globo se hincha, y tenemos más volumen de realidad. No deja de ser una especie de vacío relleno de aire y otras partículas, pero la gente lo llama realidad. Poco a poco vamos aprendiendo a movernos en ese espacio y vamos poniendo nombres a las partículas en suspensión. Algunas de esas partículas, o alguna extraña brisa dentro del globo nos resultan tan curiosas que hasta nos encariñamos con ellas, pero la verdad es que seguir con la mirada una brisa dentro de un globo aerostático resulta bastante complicado. ¡Imaginad retenerla entre los dedos!

Entrar en la habitación de aquel tipo fue como si alguien hubiese reventado mi globo. Mis partículas de realidad escampaban en todas direcciones. Y no hubo manera de retenerlas. Estaba claro que la única opción era aprender a conocer esta nueva burbuja en la que estaba, pero no iba a resultar tan fácil, porque este aire estaba lleno de cristales flotando.

De todo esto me daría cuenta más tarde. La verdad es que en ese momento, sólo podía pensar en dos cosas: mi reproductor betamax, y que ese tío contrataba a las putas de tres en tres.

           ¿De qué se trata? – Pregunté. Creo que se notó la suspicacia en mi cara. Él se rió.

           ¡No te preocupes hombre! No voy a pedirte que mates a nadie. Si no quieres, claro. Sólo necesito de ti que entregues un mensaje. El sobre está ahí, al lado de tu cacharro.

El número de películas que empezaban así era incontable. Tío raro pide un favor aparentemente sencillo, y chaval inconsciente promete cumplirlo pensando que se va a hacer rico. Chaval inconsciente se mete en un montón de líos. Chaval inconsciente no consigue lo que había acordado, pero consigue a la chica. A la mierda, yo quiero mi reproductor. Ya no soy ningún chaval.

           Acepto – Respondí – Deme los detalles e iré para allá ahora mismo.

No era un tipo muy dado a conversaciones, por lo que pude ver. Daba igual, me indicó una dirección, y me dio treinta euros para un taxi.

No hace falta que preguntes por nadie -me avisó- Llama la puerta, entrega esto a quien te abra y vuelves aquí.

Empezaba a mosquearme bastante ese favor. Sobres sorpresa para personas sorpresa en direcciones desconocidas. “No, te preocupes, sabré si lo has hecho bien”, era lo último que me había dicho antes de que cerrara la puerta de su habitación.

Pasillo, ascensor, recibidor, “¡Taxi! A esta dirección, por favor”, toc-toc -¡siempre toc-toc! ¿Es que las puertas no pueden sonar de otra manera?-, “¿qué quiere?”, “Tenga, adiós”,  “¡Taxi! Al hotel A, por favor, vestíbulo, ascensor, pasillo, ..., ..., toc-toc.

      Vengo por mi reproductor.

Sonrió, me dio las gracias y señaló con el mentón el reproductor. Lo cogí y cerré la puerta detrás de mí. Así de fácil. No podía creer que estuviese a punto de visionar mis sueños de los últimos meses. Pasillo, ascensor, vestíbulo, metro, "próxima parada", mierda donde están las llaves, cables y conectores, play.

Mientras rebobinaba la cinta, se me pasaron por la cabeza todas las escenas que me imaginaba que se habrían grabado. Se me puso dura con sólo pensarlo. La cinta término de rebobinar con un click. Ansioso, pulsé el botón de reproducción. Efectivamente, era un plano fantástico. La pantalla estaba llena de piel con el bello erizado, y los gemidos llenaban el aire de mi globo aerostático. En ese video, yo era un dios. Era el dios al que esa jovencita de caderas perfectas había rezado toda su vida para que la follara, y al fin le había concedido su deseo.

Como espectador impaciente, empecé a desear fervientemente verle la cara -estaba de espaldas- a la encarnación del placer que era esa chica en la pantalla. ¿Con quién había sonado? ¿La conocía? Me voy a forrar con este invento. Todos los hombres y mujeres querrán uno. ¿Por qué no se da la vuelta? Mierda tengo que verle la cara. Tengo que encontrarla y decirle que tenemos que hacer lo que está en el video.

Al final de la escena yo soltaba su pelo, me separaba de ella satisfecho y me tumbaba a su lado. Ella aún seguía con las rodillas y los codos sobre la cama, así que pude ver claramente su cara.  La conocía, hacia pocas horas le había entregado un sobre cerrado.


               


15 abr. 2013

Sobre esto de escribir


Tiempo estimado de lectura: 2 minutos y medio

Frecuentemente leo a escritores responder a la pregunta ¿Por qué decidiste dedicarte a esto? La mayoría responde, con más o menos florituras, que porque no tienen más remedio. Sienten la necesidad, casi primitiva, de escribir, de contar cosas, de sacar aquello que llevan dentro.

A mí siempre me ha gustado escribir, pero supongo que no puedo considerarme un escritor porque no siento esa necesidad. De hecho, llevo meses sin publicar nada en este blog y me siento bastante bien. Más concretamente, me siento mal, muy mal, pero no tiene nada que ver con el blog, o con escribir en general. Así que me he puesto a pensar: ¿Qué es lo que me impulsa a escribir cuando lo hago?

La primera respuesta me viene a la cabeza bastante rápidamente. Busco la inyección de ego por parte de la gente que aprecia aquello que escribo. Probablemente, esto es algo que comparto con los escritores de verdad. También intento usar mi pequeña habilidad para la redacción como incentivo para atraer a hembras de mi misma especie, aunque con tan poco éxito que realmente no merece la pena gastar las yemas de mis dedos en ello.

Otra razón, sin duda la más importante para mí, es que me divierto haciéndolo. Me divierto imaginando historias que me gustaría vivir. En la mayoría de casos, siempre hay alguien que haya escrito sobre una historia parecida, así que me sumerjo en la lectura, intento empatizar y mimetizarme con los personajes y vivir cosas que jamás viviré en la vida real, como el borde de un coma etílico de Henry Chinaski, sonriendo desganadamente rodeado de prostitutas indiferentes. Pero otras veces, aquello que quiero vivir simplemente no ha sido escrito, o no he sido capaz de encontrarlo, así que decido escribirlo yo. Lo escribo, me recreo, añado el punto de pornografía o emotividad que me apetece en el momento dado, y  lo cuelgo en el blog o lo guardo en mi carpeta de “para el libro” – ¡jajaja, ingenuo de mí!-.

La contrapartida de esta actividad, es que inmediatamente después de publicar la pequeña obra en algún sitio u otro, siento bastante repugnancia hacia mí mismo y mi mediocridad. No consigo empatizar realmente con mis personajes, y siento que lo que he escrito es una mierda de dimensiones temporales –ahora mismo no se me ocurre nada que ocupe más espacio que el tiempo, pero estoy ligeramente drogado, así que no me hagáis mucho caso-. No hay manera de meterse en la historia. No hay manera de sentir que quiero vivir eso. Siento culpabilidad inmediata al saber que habrá alguien que aprecie el texto, y que mi ego se nutrirá de ello, y que me hará sentir bien cuando haya pasado de largo esta fase de autoflagelación.

Para terminar, creo acertado afirmar que mi pequeña obra es un acto de cinismo en su más puro aspecto. Lo único que me consuela es que por lo menos, es gratis.

27 jun. 2012

Poker, putas y tuertos

Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos.

Salía nervioso de la timba de poker. No entendía porque el imbécil de Jack no dejaba fumar en su casa. Se lo había dicho mil veces: “Maldita sea Jack, es una timba de póker, ¿cómo vas a prohibirlo?”. Y siempre contestaba lo mismo “Puedes joderme la cartera, pero no los pulmones”. Y con esa hippiada de mierda destrozaba un muro de tópicos. Me jodía, pero siempre le dejaba tieso, así que me iba contento.

Como todos los miércoles, iba tomarme unas cervezas después de la partida. No hay muchos bares abiertos a las 4 de la madrugada. La mayoría de la gente está borracha a esas horas como para darse cuenta, pero si realmente buscas un bar tranquilo donde poder beber sin más, no resulta tan fácil. Joe’s era el sitio. La dueña se llamaba Sandra. No pasaba un día sin que algún gilipollas le preguntara el porqué del nombre del local después de enterarse del suyo. Necesitamos a esa gente para poder sentirnos mediocres. De vez en cuando las chicas de Amelia se pasaban por ahí. Supongo que solo lo hacían en las noches flojas, porque parecía poco probable que ninguno de esos pobres diablos estuviera entre sus mejores clientes. Siempre me gustaba hablar con ellas. Me preguntaba como tenía que ser la sensación de llegar a seducir una puta. Es decir, gustarle tanto que se acostara gratis con uno. Sería como si una alcantarilla –cuando me dedicaba a limpiarlas- me gustase tanto que decidiera hacerlo gratis. Por desgracia nunca encontré ninguna alcantarilla que me gustase tanto, pero afortunadamente Jack y sus amigos me permitieron retirarme del negocio. Ellos seguían allí, y cada mano que jugábamos les hacía bajar más y más bajo por los canales del submundo.

Ese día sucedió algo diferente. Una de ellas se sentó conmigo. La invité a tomarse algo. Más por cortesía que por que esperase ser su alcantarilla favorita. Inmediatamente después le dije que no tenía dinero para gastar en ella.

        No vengo por tu dinero. Tampoco por ti.

        Todo un halago, señorita.

        ¿Conoces a un tal Ayurdi, verdad?

        ¿Es uno de tus amigos? Suele dejarse ver por casa de Jack.


        Dale esto cuando le veas –me extendió un papel doblado-. Puedes mirarme el culo cuando me vaya.

Se levantó y se fue. Yo interpreté mi papel. Luego guardé la nota en el bolsillo interior de la chaqueta, y seguí bebiendo un rato más, fijándome en la concurrencia.

Estaba ese hombre. Ese hombre con un solo ojo. Qué asco de hombre. Es de suponer que si tenemos dos cuencas es para tener dos ojos. Se dio cuenta de que le estaba mirando, y me hizo un gesto para que me acercara.

        Amigo te invito a una copa. ¿Qué tomas?

        Soy más de cerveza.

Y así, como tantas veces, empezaba la noche. Había perdido la cuenta de cíclopes que me invitaban a cervezas. Pero este era un poco más raro que los demás. Parecía estar muy habituado a su cuenca vacía, mucho más que yo. Y cuando estábamos bebiendo, los dos tan tranquilos, o por lo menos yo, dijo.

        Eh tío, ¿te has fijado alguna vez en la intimidad de una cama no hecha?

Le miré sin contestarle, esperando que lo dejara pasar y no me molestara más, pero a estas alturas ya debería saber que ninguna cerveza es gratis. El tullido siguió hablando.

        Si, verás, tú miras una cama hecha y es un mueble. Algo que podría estar en mi casa o en una tienda de muebles, expuesto en un escaparate. Es un es bloque de madera, muelles y telas al que se le supone una serie de utilidades, aunque la más evidente es la de lucir una colcha. Sin embargo una cama con las sábanas revueltas ya no es nada de eso. Es un lugar donde alguien ha estado durmiendo, alguien ha sido vulnerable, ha soñado, ha follado, ha podido ser asesinado sin darse cuenta. Si visitas a un amigo y ves su cama abierta, es probable que sientas la necesidad de no mirar. Una cama hecha, es como el armario de los trajes abierto, pero una cama abierta es como espiar a alguien por una rendija. O como su cajón de la ropa interior.

Guau. Mi tuerto favorito, sin duda. Le invité a otro trago. Necesitaba que siguiese hablando.

        Dime tío, ¿alguna vez has pensado en las relaciones 1-N?

        ¿Qué?

        Ya sabes, tú estás en un conjunto de personas. N personas. Y conocéis a otra persona. Se establece una relación de 1 a N. En estos casos es muy fácil para el conjunto recordar al nuevo individuo. Su rostro, su nombre. ¡Pero imagínate para el uno recordar a todo N! No consigo decidir si prefiero ser 1 o Nm. ¡Que locura!

        Pues mira, sí.

Había tenido bastante. Me levanté y me fui sin decirle adiós. No pareció inmutarse. Realmente tenía la duda de si había estado hablando conmigo. El tío me había desmontado por completo, necesitaba irme a casa.

Por el camino de vuelta me entretuve pisando con saña la sombra de las farolas. Sin motivo aparente me acordé de la nota que me habían dado para Ayurdi. La abrí. No se trataba de tal, sí no de un folleto. Al parecer había una empresa que te hacía crecer 5 cm por una cantidad razonable de dinero.

Decidí que volvería a beber.

8 mar. 2012

Elise

 Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos y medio.


Mírate al espejo. Pantalones, camisa ribeteada con unos tirantes, zapatos. Todo correcto. Vas a salir. Gabardina y sombrero. ¿Gafas de sol? No, por la noche no. Pero no sabes a que hora volverás, ¿verdad? No lo se, nunca he hecho esto. Cógelas. Coge las llaves. Besa a tu mujer como si no la fueras a volver a ver. Que fea es, ¿por qué la elegiste a ella? No me gusta como huele. Elise era mucho mejor ¿Recuerdas como solías imaginar el olor de sus bragas? Hasta que te invitó a sus casa para hacer juntos el trabajo de naturales. Gracias señorita Jeeves, gracias de verdad. Fuiste al baño y ahí estaban, en el cesto de la ropa sucia. Que asco, pensaste. ¿Estás listo? Lo estoy. Abre la puerta, ponte las gafas de sol. No. Está bien, te concedo esta. Baja las escaleras, sal a la calle. ¿Como podían oler tan mal? Solo tenía doce años. Que asco, QUE ASCO te dijiste. Olían igual que tus calzoncillos. No te quedes quieto, sabes a donde vamos. Camina. Ella me gustaba. Y todas las que vinieron después, ¿verdad? ¿Qué tenía ella de especial? ¿Qué tenía Elise? No pares, tenemos que llegar cuanto antes. Así me gusta, desgasta estos zapatos de maricón de quinientos dólares. ¿Sabes que con Elise nunca habrías ganado este dinero, no? No te habrías comprado estos zapatos, ni tendrías el mueble bar repleto de pequeñas joyas embotelladas. Eres un borracho Ayurdi, te bebes tu dinero. Primera noche de sexo con Elise. Sigue andando, estamos a solo dos manzanas. Te fumas tu dinero. Sabes que esos puros los han liado niños con sus manos, pero te da igual. Me das asco. Que pasa, ¿Te gustan los niños? ¿Te gustan las pequeñas manos de los niños? No claro que no. A ti ya no te gusta nada. Elise diciéndote que eres bueno, que deberías publicar tu obra. Escribes porque no tienes nada mejor que hacer, porque no sabes hacer nada. Dejaste escapar a Elise y te conformaste con tu mujer. Cállate. ¿Puedo comértela? Te dice. ¿Qué te pasa Ayurdi? ¿Qué mierdas te pasa? Ya que no eres capaz de amarla por lo menos fóllatela. Aunque no se sienta querida, por lo menos haz que se sienta deseada. Entra en el bar. Yo quiero a Elise. Ya no está. ¿Recuerdas? Elise, me obstruyes la creatividad. Elise, no me dejas volar. Elise, necesito espacio. Elise, necesito tiempo. Elise, suelta eso. Elise, no me creo que esté cargada. Hola suegra, Elise ha muerto. Pide un vaso de ginebra. Yo bebo whisky. Ya no, ahora bebes ginebra.

6 mar. 2012

Caramelitos de morfina

Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos.

Pequeña aclaración. Es probable que este cuento parezca incompleto sin la lectura previa de otros cuentos. Aunque no sea necesario, puede ser intersante leer los otros relatos con el tag 'Ayurdi' antes o después de este.


    La reacción habitual cuando uno ve a una persona sin manos es sentir lástima. La reacción habitual cuando uno se encuentra sin manos no la había vivido hasta ese momento. No se y realmente no me importa como lo viven los demás. Yo bebí. Bebí hasta que perdí el sentido y desperté en un hospital. Los hospitales son sitios donde la gente va a morir, o por lo menos a sufrir. Nadie iría a un hospital por placer. Excepto tal vez los “yonkis”. Adictos a diferentes medicamentos, a la atención –obligada- de otros seres humanos, a la compañía de seres sin nombre. Cuando desperté sentí dolor, los muñones me ardían como si miles de hormigas se hubiesen comido las manos a pequeños mordiscos y ahora se estuvieran cagando en la herida. Pero sin duda el mayor dolor fue la decepción de ver el culo de esa enfermera, ese culo joven, perfecto, y no poder tocarlo. Me daba igual todo lo demás, no me importaba

    No poder escribir bien,

    No poder cocinar,
    
    No poder saludar,

    No poder repicar un ritmo con los dedos sobre la mesa,

    No poder limpiarme el culo,

    No poder coger un vaso de ginebra.
    
    Sólo me importaba no poder acariciar ese culo.

    Estuve unos cuantos días postrado, aficionándome a la codeína que me traía la enfermera tres veces al día. De vez en cuando venía un médico a visitarme, siempre el mismo tipo vestido con bata y cabello engominado. Demasiado rico y joven para saber de que iba realmente su trabajo. Examinaba con sus dos manos mis muñones heridos y le indicaba a la enfermera que siguiera con las curas. Que hijo de puta, seguro que se la machacaba pensando en ella. Pero jamás le había puesto la mano encima, eso no; ella era mi princesa.

    Cuando salí del hospital me despedí de ella, le dije “Soy Ayurdi, el escritor, vente conmigo”. Sonrió y seguí con sus cosas. Era un caballero sin manos para poder empuñar la lanza. Por lo menos tenía dinero. Y en casa tenía, al menos, dos botellas de ginebra. Y una idea para una novela. Si, la vida a veces se porta bien.

5 mar. 2012

Hola, Dídac

Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio

He tardado algo más de veintisiete años pero por fin me he acostumbrado a mi cara. No se trata de que hasta ahora me sorprendiera o asustase al mirarme en un espejo. Sabía que ese era yo, pero era más bien una cuestión de fe en la física y cierto conocimiento de la refracción y la reflexión de la luz, que de conocer a esa persona.

Pero hoy me he levantado para bajar del tren, me he puesto el abrigo, y me he visto reflejado en la ventana –era oscuro ya. Y por primera vez, al verme he pensado que ese era yo. No se ha tratado esta vez de un reflejo como hasta ahora, no, he visto una cara que me representa.

He visto el cansancio del trabajo, las entradas en el pelo, lo ojos preocupados por las entradas en el pelo, la incipiente esferificación de mi rostro –aquí he exagerado un poco, pero es cierto que he engordado últimamente-, esas gafas que no he cambiado en siete años, esas que compré cuando decidí cortarme mas de cincuenta centímetros de cabello, esta barba que me recuerda mi mas reciente episodio emocional –ellas las prefieren largas. Y lejos, parece ser. También he reconocido este bigote de la-mujer-de-la-limpieza-me-ha-perdido-la-maquinilla-de-afeitar.

Sólo he tenido unos diez segundos para verme, y para saludarme. “Hola Dídac. ¿Sabes? No estás tan mal, pero aféitate”. Luego he ido a comprar unas lonchas de pavo, una cebolla, y un pack de cerveza. Hay que ver las cosas que compra Dídac cuando está solo.

18 feb. 2012

Los guisantes siempre saben a soledad


Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio

A la persona de la que voy a hablar le gusta pensar que la muerte es inminente para cualquiera de nosotros, sea cual sea el grupo de riesgo al que pertenezca cada uno. En cualquier instante posterior al actual, se puede sufrir un accidente. No cree que deba hacer un dogma de esta creencia, ni tampoco tiene consecuencias implícitas en su modo de vida, pero está ahí, es un pensamiento que a veces le sorprende, habitualmente en momentos de poco peligro, como cuando está sentado en el baño, o en la cama antes de dormir.

Recuerda la primera vez que pensó esto. Sería muy lógico creer que fue en su juventud, en el transcurso -o inmediatamente después- de una experiencia cercana a la muerte. Eso habría tenido su lógica y un fantástico toque de epifanía. Pero sólo una de las dos afirmaciones es cierta. Tenía catorce años, el pelo largo, pocos amigos, la normal afición por el onanismo y mucho tiempo libre. Estaba sentado frente a un plato de guisantes. Más concretamente estaba sentado frente a una mesa, un mantel, un par de juegos de cubiertos, dos vasos, su madre, y un plato de guisantes. En su vaso había cerveza, la única concesión de ella cuando le servía verdura para cenar. 

Vio en el plato aquellas pequeñas bolas verdes, aisladas una de otra por una piel brillante y resbaladiza. Pensó en su madre y su padre, en el agua y el aceite, pensó en aquella chica de su clase y también en la vida y la muerte. Pensó en la estadística y el azar. Cualquier cosa para evitar comerse los guisantes. Creyó entender muchas cosas. La gente, las cosas tangibles –y otras no tanto, como el tiempo-, parecían estar todas separadas por una espesa capa de identidad. Como guisantes rodamos por este pequeño plato al que solemos llamar vida, hasta que un tenedor nos pincha. Y eso puede llegar en cualquier momento, sólo es necesario que una mente adolescente decida pegar otro bocado.

2 feb. 2012

Una gabardina no hace a un detective

Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio  
 
    …una gabardina no hace a un detective, me decía a mí mismo,  sino la capacidad de espiar –tal vez matar- por dinero a la mujer en la q lo gastaría por vicio. El camino hacia el club estaba siendo más aburrido de lo habitual. Sentía que la mano que narraba mi vida estaba perdiendo interés por mí. No podía culparla. Me había convertido un viejo a mi corta edad, me costaba mirar a las mujeres por encima de la clavícula. Olía a ginebra y fumaba en la ducha. Y la gente me aclamaba por ello.

    Y ahí estaba ella, tan puta, tan rubia, y tan culpable como mis zapatos viejos lo eran de mi cojera. La invité a una copa; por eso me pagaban. Te pillaré, zorra, pensé mientras pedía un par de copas y me acercaba  a su podio en la barra. Estaba rodeada de hombres, pero se fijó en mí. Era el nuevo, y sabía cómo quitarme el sombrero.

    El alcohol barato puede hacer q un hombre sea incapaz de conducir en esas curvas q llenaban un ceñido vestido. Ahí me rendí. Perdí la partida cuando mi mano tembló al acercarle su copa y me sonrió.

    Eché una mirada alrededor. En aquel club de jazz habían sustituido el aire por humo, el ruido por música y las mujeres se paseaban por mi mirada como si vivieran en ella.  Pero solo los ojos de mi acompañante podían hacer un solo en ese caos armonizado de tabaco y notas desencajadas.  De repente la noche se convirtió en un binomio de saxo y ojos fríos.

    Al final de la noche tenía toda la información para meterla entre rejas, o para llevarla a mi cama. Me juró que si se desnudaba jamás volvería a vestirse ante mis ojos. "Lo siento, princesa, otra vez será". Cogí el teléfono y marqué el número.