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16 abr 2013

De tres en tres


Me desperté sobresaltado por una erección considerable. Bueno, realmente lo que me sobresaltó fue el despertador, pero la erección viene a cuento de lo que acababa de soñar. Paré la máquina que tenía a mi lado. No os preocupéis, no se trataba de ningún tipo de respirador artificial, ni monitor de constantes vitales, ni nada por el estilo. Era mi único, mejor, y completamente revolucionario invento: una máquina de grabar los sueños. Esa pequeña joya de mi creación era capaz de monitorizar y grabar cada una de las imágenes que nuestro degenerado cerebro puede generar mientras dormimos, y almacenarlas en un soporte magnético. Por desgracia, se trataba de una cinta de formato Betamax, razón por la que mi máquina no me produjo ningún beneficio. Además, tampoco tenía un reproductor que funcionara con ese formato.

Esa es la razón por la que me pasaba entre una y dos horas en cada jornada laboral buscando por internet una de estas antiguallas. “¡Que cojones! ¡Si consigo sacar todo esto de mi cabeza habré creado un nuevo y definitivo tipo de porno!” – Me decía. Pero nunca había suerte. Cuando encontraba a alguien dispuesto a vender un video beta,  siempre acababa siendo un fraude. O me traían un maldito VHS  –alegando que eran la misma cosa- o directamente se presentaban en aquél callejón de mala muerte con los pantalones por la rodilla. Al parecer, “beta”, tenía algún significado extra en la comunidad gay de la ciudad. La jodida era digital.

Pasaron un par de años y yo seguía fiel a mi ritual. Me duchaba, cenaba algo, me metía en la cama, ponía una cinta en la máquina, me masturbada –sin terminar siempre- y me quedaba dormido. Lo de no terminar es porque tenía la teoría de que mi cerebro haría el resto del trabajo durante la noche, y así la máquina podría grabarlo. Como descubriría unos meses más tarde, no funcionó.

Finalmente llegó el día en que sonó el teléfono -no recuerdo porque estaba en casa. Debería haber estado en el trabajo, pero estaba en casa- y una voz de color gris me dijo “Tengo lo que buscas”. Era improbable que me estuviera ofreciendo un amor real y desprendido, o una suma de dinero incalculable, así que bien, tenía mi reproductor beta. Si la voz hubiese sido amarilla, o tirando a verde, habría dudado de las palabras de ese individuo. Al fin y al cabo, después de tantas decepciones, habría sido lo más normal. Pero esa voz era gris. Una voz de ese color no miente ni promete. Simplemente suelta verdades después de haberlas desgastado un poco con un rallador de tomate. Me dio una dirección, y me dijo que preguntara por Ayurdi. Mañana, a lo largo del día, pero no antes de las doce. Hasta las doce estaba con las chicas.

Me desperté  antes de las nueve. “Las chicas”, resonaba en mi cabeza. ¡Qué cabrón! Pero poco importaba si me podía proporcionar el reproductor de video. Cuando lo tuviera, sacaría el material de todas esas cintas y me forraría con él. El ir y venir de chicas no pararía nunca en mi casa. Desayuné una cerveza. Me encanta la cerveza. Si no fuera porque los médicos aseguran estar convencidos de que es necesario beber agua, bebería únicamente cerveza. También está el tema del alcoholismo, pero se podría decir que eso es un efecto secundario del buen humor, como su inevitable consecuencia, la cirrosis hepática.

Una vez vestido, me fijé bien en la dirección, y la busqué en internet. Era la dirección de uno de los mejores hoteles de la ciudad, en el centro. Tardaría poco más de treinta minutos en llegar hasta ahí, así que decidí ir hacia allí y tomar un café en la cafetería del hotel. Con un poco de suerte, vería a las chicas.

La recepcionista me indicó que efectivamente el señor Ayurdi se hospedaba ahí con una preciosa voz azul. Son esas voces que, carentes de gravedad, se deslizan por el aire en línea recta, transmitiendo un mensaje claro y con buen olor. No obstante, no podía darme su número de habitación hasta las doce. Así lo había expresado él.

¡Cuántas voces marrones había en la cafetería! Estas voces de tonos y mensajes confusos, sin relevancia alguna siquiera para los interlocutores. Las voces marrones solo sirven para decir cosas como “Hoy va a llover” o “¿Has visto como se desplomado el índice  Nikkei 225”? Me agobiaban tanto que me puse los auriculares y me puse algo de música. No perdía de vista ni un momento las puertas del ascensor. En algún momento saldrían de ahí un grupo no menor de dos chicas bien vestidas, bien maquilladas, y esa sería mi señal para reunirme con el señor Ayurdi. A las once y cincuenta y ocho minutos aparecieron. Fue fácil distinguirlas. Eran tres. Eran increíbles. Jodido Ayurdi, que suerte tienes.

Volví a acercarme a recepción, y a unos pasos del mostrador, la chica que me había atendido antes ya había cogido un papel y un bolígrafo para apuntar algo. Antes de que pudiera siquiera saludar, ya me había entregado el papel con un número de habitación. Vestíbulo, ascensor, pasillo, toc-toc, “pase, por favor”.

La habitación era muy grande, y estaba sorprendentemente ordenada para lo que -suponía- acababa de pasar ahí. Ayurdi, con las manos siempre en el bolsillo de su bata, se sentó en una butaca y sin decir nada dirigió su mirada hacia la mesa. Ahí estaba: un fantástico reproductor de video beta que parecía completamente nuevo. Me sentí transportado a los ochenta, pero sin toda esa ropa y música hortera.

           ¿Cuánto quiere por ella?

           No quiero dinero.

(…)

Necesito que me hagas un favor. Luego podrás quedártela.

La voz de Ayurdi era completamente negra. Por un lado era imposible ver a través de sus palabras; por otro, daba la sensación que los oídos de uno se iban ensuciando a medida que escuchaba. Recordé que por teléfono había sonado gris. Supongo que el ancho de banda de la línea telefónica no es suficiente para transmitir según qué matices. Un favor. En mi mundo la gente sólo pide dinero a cambios de las cosas y los servicios. Únicamente en las películas se venden favores. En cualquier caso, me sentía tan fuera de mi ambiente que bien podría estar fuera de mi realidad. Resulta curiosa la percepción de la realidad. Es como estar dentro de un globo aerostático. No digo en la cesta, sino en el propio globo. A medida que van pasando los años, el globo se hincha, y tenemos más volumen de realidad. No deja de ser una especie de vacío relleno de aire y otras partículas, pero la gente lo llama realidad. Poco a poco vamos aprendiendo a movernos en ese espacio y vamos poniendo nombres a las partículas en suspensión. Algunas de esas partículas, o alguna extraña brisa dentro del globo nos resultan tan curiosas que hasta nos encariñamos con ellas, pero la verdad es que seguir con la mirada una brisa dentro de un globo aerostático resulta bastante complicado. ¡Imaginad retenerla entre los dedos!

Entrar en la habitación de aquel tipo fue como si alguien hubiese reventado mi globo. Mis partículas de realidad escampaban en todas direcciones. Y no hubo manera de retenerlas. Estaba claro que la única opción era aprender a conocer esta nueva burbuja en la que estaba, pero no iba a resultar tan fácil, porque este aire estaba lleno de cristales flotando.

De todo esto me daría cuenta más tarde. La verdad es que en ese momento, sólo podía pensar en dos cosas: mi reproductor betamax, y que ese tío contrataba a las putas de tres en tres.

           ¿De qué se trata? – Pregunté. Creo que se notó la suspicacia en mi cara. Él se rió.

           ¡No te preocupes hombre! No voy a pedirte que mates a nadie. Si no quieres, claro. Sólo necesito de ti que entregues un mensaje. El sobre está ahí, al lado de tu cacharro.

El número de películas que empezaban así era incontable. Tío raro pide un favor aparentemente sencillo, y chaval inconsciente promete cumplirlo pensando que se va a hacer rico. Chaval inconsciente se mete en un montón de líos. Chaval inconsciente no consigue lo que había acordado, pero consigue a la chica. A la mierda, yo quiero mi reproductor. Ya no soy ningún chaval.

           Acepto – Respondí – Deme los detalles e iré para allá ahora mismo.

No era un tipo muy dado a conversaciones, por lo que pude ver. Daba igual, me indicó una dirección, y me dio treinta euros para un taxi.

No hace falta que preguntes por nadie -me avisó- Llama la puerta, entrega esto a quien te abra y vuelves aquí.

Empezaba a mosquearme bastante ese favor. Sobres sorpresa para personas sorpresa en direcciones desconocidas. “No, te preocupes, sabré si lo has hecho bien”, era lo último que me había dicho antes de que cerrara la puerta de su habitación.

Pasillo, ascensor, recibidor, “¡Taxi! A esta dirección, por favor”, toc-toc -¡siempre toc-toc! ¿Es que las puertas no pueden sonar de otra manera?-, “¿qué quiere?”, “Tenga, adiós”,  “¡Taxi! Al hotel A, por favor, vestíbulo, ascensor, pasillo, ..., ..., toc-toc.

      Vengo por mi reproductor.

Sonrió, me dio las gracias y señaló con el mentón el reproductor. Lo cogí y cerré la puerta detrás de mí. Así de fácil. No podía creer que estuviese a punto de visionar mis sueños de los últimos meses. Pasillo, ascensor, vestíbulo, metro, "próxima parada", mierda donde están las llaves, cables y conectores, play.

Mientras rebobinaba la cinta, se me pasaron por la cabeza todas las escenas que me imaginaba que se habrían grabado. Se me puso dura con sólo pensarlo. La cinta término de rebobinar con un click. Ansioso, pulsé el botón de reproducción. Efectivamente, era un plano fantástico. La pantalla estaba llena de piel con el bello erizado, y los gemidos llenaban el aire de mi globo aerostático. En ese video, yo era un dios. Era el dios al que esa jovencita de caderas perfectas había rezado toda su vida para que la follara, y al fin le había concedido su deseo.

Como espectador impaciente, empecé a desear fervientemente verle la cara -estaba de espaldas- a la encarnación del placer que era esa chica en la pantalla. ¿Con quién había sonado? ¿La conocía? Me voy a forrar con este invento. Todos los hombres y mujeres querrán uno. ¿Por qué no se da la vuelta? Mierda tengo que verle la cara. Tengo que encontrarla y decirle que tenemos que hacer lo que está en el video.

Al final de la escena yo soltaba su pelo, me separaba de ella satisfecho y me tumbaba a su lado. Ella aún seguía con las rodillas y los codos sobre la cama, así que pude ver claramente su cara.  La conocía, hacia pocas horas le había entregado un sobre cerrado.


               


27 jun 2012

Poker, putas y tuertos

Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos.

Salía nervioso de la timba de poker. No entendía porque el imbécil de Jack no dejaba fumar en su casa. Se lo había dicho mil veces: “Maldita sea Jack, es una timba de póker, ¿cómo vas a prohibirlo?”. Y siempre contestaba lo mismo “Puedes joderme la cartera, pero no los pulmones”. Y con esa hippiada de mierda destrozaba un muro de tópicos. Me jodía, pero siempre le dejaba tieso, así que me iba contento.

Como todos los miércoles, iba tomarme unas cervezas después de la partida. No hay muchos bares abiertos a las 4 de la madrugada. La mayoría de la gente está borracha a esas horas como para darse cuenta, pero si realmente buscas un bar tranquilo donde poder beber sin más, no resulta tan fácil. Joe’s era el sitio. La dueña se llamaba Sandra. No pasaba un día sin que algún gilipollas le preguntara el porqué del nombre del local después de enterarse del suyo. Necesitamos a esa gente para poder sentirnos mediocres. De vez en cuando las chicas de Amelia se pasaban por ahí. Supongo que solo lo hacían en las noches flojas, porque parecía poco probable que ninguno de esos pobres diablos estuviera entre sus mejores clientes. Siempre me gustaba hablar con ellas. Me preguntaba como tenía que ser la sensación de llegar a seducir una puta. Es decir, gustarle tanto que se acostara gratis con uno. Sería como si una alcantarilla –cuando me dedicaba a limpiarlas- me gustase tanto que decidiera hacerlo gratis. Por desgracia nunca encontré ninguna alcantarilla que me gustase tanto, pero afortunadamente Jack y sus amigos me permitieron retirarme del negocio. Ellos seguían allí, y cada mano que jugábamos les hacía bajar más y más bajo por los canales del submundo.

Ese día sucedió algo diferente. Una de ellas se sentó conmigo. La invité a tomarse algo. Más por cortesía que por que esperase ser su alcantarilla favorita. Inmediatamente después le dije que no tenía dinero para gastar en ella.

        No vengo por tu dinero. Tampoco por ti.

        Todo un halago, señorita.

        ¿Conoces a un tal Ayurdi, verdad?

        ¿Es uno de tus amigos? Suele dejarse ver por casa de Jack.


        Dale esto cuando le veas –me extendió un papel doblado-. Puedes mirarme el culo cuando me vaya.

Se levantó y se fue. Yo interpreté mi papel. Luego guardé la nota en el bolsillo interior de la chaqueta, y seguí bebiendo un rato más, fijándome en la concurrencia.

Estaba ese hombre. Ese hombre con un solo ojo. Qué asco de hombre. Es de suponer que si tenemos dos cuencas es para tener dos ojos. Se dio cuenta de que le estaba mirando, y me hizo un gesto para que me acercara.

        Amigo te invito a una copa. ¿Qué tomas?

        Soy más de cerveza.

Y así, como tantas veces, empezaba la noche. Había perdido la cuenta de cíclopes que me invitaban a cervezas. Pero este era un poco más raro que los demás. Parecía estar muy habituado a su cuenca vacía, mucho más que yo. Y cuando estábamos bebiendo, los dos tan tranquilos, o por lo menos yo, dijo.

        Eh tío, ¿te has fijado alguna vez en la intimidad de una cama no hecha?

Le miré sin contestarle, esperando que lo dejara pasar y no me molestara más, pero a estas alturas ya debería saber que ninguna cerveza es gratis. El tullido siguió hablando.

        Si, verás, tú miras una cama hecha y es un mueble. Algo que podría estar en mi casa o en una tienda de muebles, expuesto en un escaparate. Es un es bloque de madera, muelles y telas al que se le supone una serie de utilidades, aunque la más evidente es la de lucir una colcha. Sin embargo una cama con las sábanas revueltas ya no es nada de eso. Es un lugar donde alguien ha estado durmiendo, alguien ha sido vulnerable, ha soñado, ha follado, ha podido ser asesinado sin darse cuenta. Si visitas a un amigo y ves su cama abierta, es probable que sientas la necesidad de no mirar. Una cama hecha, es como el armario de los trajes abierto, pero una cama abierta es como espiar a alguien por una rendija. O como su cajón de la ropa interior.

Guau. Mi tuerto favorito, sin duda. Le invité a otro trago. Necesitaba que siguiese hablando.

        Dime tío, ¿alguna vez has pensado en las relaciones 1-N?

        ¿Qué?

        Ya sabes, tú estás en un conjunto de personas. N personas. Y conocéis a otra persona. Se establece una relación de 1 a N. En estos casos es muy fácil para el conjunto recordar al nuevo individuo. Su rostro, su nombre. ¡Pero imagínate para el uno recordar a todo N! No consigo decidir si prefiero ser 1 o Nm. ¡Que locura!

        Pues mira, sí.

Había tenido bastante. Me levanté y me fui sin decirle adiós. No pareció inmutarse. Realmente tenía la duda de si había estado hablando conmigo. El tío me había desmontado por completo, necesitaba irme a casa.

Por el camino de vuelta me entretuve pisando con saña la sombra de las farolas. Sin motivo aparente me acordé de la nota que me habían dado para Ayurdi. La abrí. No se trataba de tal, sí no de un folleto. Al parecer había una empresa que te hacía crecer 5 cm por una cantidad razonable de dinero.

Decidí que volvería a beber.

8 mar 2012

Elise

 Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos y medio.


Mírate al espejo. Pantalones, camisa ribeteada con unos tirantes, zapatos. Todo correcto. Vas a salir. Gabardina y sombrero. ¿Gafas de sol? No, por la noche no. Pero no sabes a que hora volverás, ¿verdad? No lo se, nunca he hecho esto. Cógelas. Coge las llaves. Besa a tu mujer como si no la fueras a volver a ver. Que fea es, ¿por qué la elegiste a ella? No me gusta como huele. Elise era mucho mejor ¿Recuerdas como solías imaginar el olor de sus bragas? Hasta que te invitó a sus casa para hacer juntos el trabajo de naturales. Gracias señorita Jeeves, gracias de verdad. Fuiste al baño y ahí estaban, en el cesto de la ropa sucia. Que asco, pensaste. ¿Estás listo? Lo estoy. Abre la puerta, ponte las gafas de sol. No. Está bien, te concedo esta. Baja las escaleras, sal a la calle. ¿Como podían oler tan mal? Solo tenía doce años. Que asco, QUE ASCO te dijiste. Olían igual que tus calzoncillos. No te quedes quieto, sabes a donde vamos. Camina. Ella me gustaba. Y todas las que vinieron después, ¿verdad? ¿Qué tenía ella de especial? ¿Qué tenía Elise? No pares, tenemos que llegar cuanto antes. Así me gusta, desgasta estos zapatos de maricón de quinientos dólares. ¿Sabes que con Elise nunca habrías ganado este dinero, no? No te habrías comprado estos zapatos, ni tendrías el mueble bar repleto de pequeñas joyas embotelladas. Eres un borracho Ayurdi, te bebes tu dinero. Primera noche de sexo con Elise. Sigue andando, estamos a solo dos manzanas. Te fumas tu dinero. Sabes que esos puros los han liado niños con sus manos, pero te da igual. Me das asco. Que pasa, ¿Te gustan los niños? ¿Te gustan las pequeñas manos de los niños? No claro que no. A ti ya no te gusta nada. Elise diciéndote que eres bueno, que deberías publicar tu obra. Escribes porque no tienes nada mejor que hacer, porque no sabes hacer nada. Dejaste escapar a Elise y te conformaste con tu mujer. Cállate. ¿Puedo comértela? Te dice. ¿Qué te pasa Ayurdi? ¿Qué mierdas te pasa? Ya que no eres capaz de amarla por lo menos fóllatela. Aunque no se sienta querida, por lo menos haz que se sienta deseada. Entra en el bar. Yo quiero a Elise. Ya no está. ¿Recuerdas? Elise, me obstruyes la creatividad. Elise, no me dejas volar. Elise, necesito espacio. Elise, necesito tiempo. Elise, suelta eso. Elise, no me creo que esté cargada. Hola suegra, Elise ha muerto. Pide un vaso de ginebra. Yo bebo whisky. Ya no, ahora bebes ginebra.

6 mar 2012

Caramelitos de morfina

Tiempo aproximado de lectura: 2 minutos.

Pequeña aclaración. Es probable que este cuento parezca incompleto sin la lectura previa de otros cuentos. Aunque no sea necesario, puede ser intersante leer los otros relatos con el tag 'Ayurdi' antes o después de este.


    La reacción habitual cuando uno ve a una persona sin manos es sentir lástima. La reacción habitual cuando uno se encuentra sin manos no la había vivido hasta ese momento. No se y realmente no me importa como lo viven los demás. Yo bebí. Bebí hasta que perdí el sentido y desperté en un hospital. Los hospitales son sitios donde la gente va a morir, o por lo menos a sufrir. Nadie iría a un hospital por placer. Excepto tal vez los “yonkis”. Adictos a diferentes medicamentos, a la atención –obligada- de otros seres humanos, a la compañía de seres sin nombre. Cuando desperté sentí dolor, los muñones me ardían como si miles de hormigas se hubiesen comido las manos a pequeños mordiscos y ahora se estuvieran cagando en la herida. Pero sin duda el mayor dolor fue la decepción de ver el culo de esa enfermera, ese culo joven, perfecto, y no poder tocarlo. Me daba igual todo lo demás, no me importaba

    No poder escribir bien,

    No poder cocinar,
    
    No poder saludar,

    No poder repicar un ritmo con los dedos sobre la mesa,

    No poder limpiarme el culo,

    No poder coger un vaso de ginebra.
    
    Sólo me importaba no poder acariciar ese culo.

    Estuve unos cuantos días postrado, aficionándome a la codeína que me traía la enfermera tres veces al día. De vez en cuando venía un médico a visitarme, siempre el mismo tipo vestido con bata y cabello engominado. Demasiado rico y joven para saber de que iba realmente su trabajo. Examinaba con sus dos manos mis muñones heridos y le indicaba a la enfermera que siguiera con las curas. Que hijo de puta, seguro que se la machacaba pensando en ella. Pero jamás le había puesto la mano encima, eso no; ella era mi princesa.

    Cuando salí del hospital me despedí de ella, le dije “Soy Ayurdi, el escritor, vente conmigo”. Sonrió y seguí con sus cosas. Era un caballero sin manos para poder empuñar la lanza. Por lo menos tenía dinero. Y en casa tenía, al menos, dos botellas de ginebra. Y una idea para una novela. Si, la vida a veces se porta bien.

2 feb 2012

Una gabardina no hace a un detective

Tiempo aproximado de lectura: 1 minuto y medio  
 
    …una gabardina no hace a un detective, me decía a mí mismo,  sino la capacidad de espiar –tal vez matar- por dinero a la mujer en la q lo gastaría por vicio. El camino hacia el club estaba siendo más aburrido de lo habitual. Sentía que la mano que narraba mi vida estaba perdiendo interés por mí. No podía culparla. Me había convertido un viejo a mi corta edad, me costaba mirar a las mujeres por encima de la clavícula. Olía a ginebra y fumaba en la ducha. Y la gente me aclamaba por ello.

    Y ahí estaba ella, tan puta, tan rubia, y tan culpable como mis zapatos viejos lo eran de mi cojera. La invité a una copa; por eso me pagaban. Te pillaré, zorra, pensé mientras pedía un par de copas y me acercaba  a su podio en la barra. Estaba rodeada de hombres, pero se fijó en mí. Era el nuevo, y sabía cómo quitarme el sombrero.

    El alcohol barato puede hacer q un hombre sea incapaz de conducir en esas curvas q llenaban un ceñido vestido. Ahí me rendí. Perdí la partida cuando mi mano tembló al acercarle su copa y me sonrió.

    Eché una mirada alrededor. En aquel club de jazz habían sustituido el aire por humo, el ruido por música y las mujeres se paseaban por mi mirada como si vivieran en ella.  Pero solo los ojos de mi acompañante podían hacer un solo en ese caos armonizado de tabaco y notas desencajadas.  De repente la noche se convirtió en un binomio de saxo y ojos fríos.

    Al final de la noche tenía toda la información para meterla entre rejas, o para llevarla a mi cama. Me juró que si se desnudaba jamás volvería a vestirse ante mis ojos. "Lo siento, princesa, otra vez será". Cogí el teléfono y marqué el número.

31 mar 2011

La editora

Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos y medio   

    Está bien Sara, esta ya es nuestra… –miró a sus notas- quinta sesión.
   
    Así es doctora.
   
    ¿Cómo valorarías tu evolución en esta terapia?
   
    No lo sé doctora, me estoy gastando mucho dinero. No estoy segura de que eso ayude.
   
    Hace cinco semanas cuando me explicabas tu situación, me dijiste que el dinero no era un problema.
   
    Y no lo era. Hace cinco semanas tenía varios miles de euros en el banco. Pero ahora ya no están.
   
    ¿Los ha gastado?
   
    No. Creo que Ayurdi se los ha llevado.
   
    ¿Cuál de los dos?
   
    El joven, el real.
   
    ¿Pero los dos son reales para ti, no es así?
   
    Por eso vengo a verla, doctora.
   
    Quiero que vuelva a contarme su historia. Creo que hay una parte de su mente que no la cree, y si lo repite en voz alta suficientes veces, podrá rebelarse contra la parte que cree en los dos Ayurdis.

Era un jueves, creo. Venía de la universidad por la tarde y entré en un bar para no ir directa a casa. Pedí una cerveza, encendí un cigarrillo y empecé a repasar apuntes mientras esperaba la bebida.

Vi a un hombre sentado al final de la barra. Primero pensé “otro borracho”, luego pensé “este borracho está muy bueno”. Seguí leyendo los apuntes mientras terminaba la cerveza. Que suerte he tenido naciendo en una época en la que las mujeres podemos beber y fumar.

En un momento dado, el tipo de la barra se levantó. Me llamó la atención el hecho de que mantuviera tan bien el equilibrio. Probablemente, no estaba tan borracho como parecía. Se acercó a mí. Me dijo alguna tontería y me invitó a una cerveza.

Sin saber cómo, estaba vistiéndome en casa de ese hombre. Me había dicho que se llamaba Ayurdi de apellido, no recuerdo el nombre ahora mismo, y que se dedicaba a escribir, aunque no le iba muy bien la cosa. Había publicado algún cuento en fanzines de tirada mínima, pero poco más, ni de lejos podía vivir de eso.

Él seguía durmiendo. Me puse a curiosear algunos cuentos que había esparcidos por toda la casa. Estaban bastante bien. Pero me llamó la atención un escrito bastante más largo, encuadernado, que llevaba por título la palabra “Biografía”.  Estaba claro que hablaba de él, pero era imposible que fueran vivencias suyas, porque el protagonista de aquel libro había gastado ya más de cincuenta años. Se había proyectado a sí mismo como un cincuentón de éxito, un escritor famoso que prácticamente no necesitaba escribir para serlo.

Cuando se despertó le pregunté qué sentido tenía inventarse una biografía.

    Es decir, ¿no va en contra de alguna norma, o algo así?
   
    Cuando me paguen por escribir habrá que leer las cláusulas del contrato. Por ahora escribo lo que quiero.

Esta parte de la historia no tiene demasiada importancia, realmente. Le propuse ser su representante-editora-dama-de-compañía a ver que podíamos sacar. Aceptó, sonreí, y nos acostamos otra vez.
   
    Soy buena en la cama, ¿verdad?
   
    Eres impresionante. Todas las locas lo sois.

Su falsa autobiografía fue un éxito. Ayurdi empezaba a ser un escritor famoso, justo como contaba en el libro. A medida que el dinero iba llegando empezó a cambiar. Para ser sincera, yo también, así que no podía culparle. Pero un día llegaba a casa y lo encontré leyendo su libro. Me resultó algo extraño. Debería estar escribiendo cosas nuevas, el dinero no iba a durar para siempre.
   
    Soy el mejor.
   
    Eres impresionante cielo. Todos los egocéntricos los sois.

A medida que pasaba el tiempo, se fue obsesionando más con su libro. Lo leía a todas horas. Empecé a preocuparme. Cuando le sugería que intentase volver a escribir, directamente me ignoraba. Tenía la sensación de que admiraba tanto a su yo ficticio del libro que algún día haría brotar de él un copia suya para poder admirarla. Y eso fue exactamente lo que pasó. Se dividió ante mis ojos. Como una gota de lluvia que cae sobre la hoja de un cuchillo y se divide en dos iguales, en un instante había un Ayurdi y al siguiente hubo dos, idénticos, solo que más pequeños –como pasa con las gotas de lluvia.

En aquel preciso instante, doctora, el nuevo Ayurdi se puso a escribir. Yo me fui de esa casa. Los volví a ver alguna que otra vez, cuando…
   
    Lo siento Sara, se nos ha acabado el tiempo. ¿Nos vemos la semana que viene?
   
    Claro doctora. Si sigo viva.

9 mar 2011

No hay palomitas en el teatro

Como tantos otros viernes, fue al teatro. No se trataba de un ritual, ni nada parecido, pero lo hacía todos los viernes, aunque algunos se quedaba en casa. A veces iba con amigos, amigas, la pareja del momento y otras veces iba solo, como pasó aquella noche. Le gustaba bastante el teatro, la inmediatez de la actuación, la sensación de que él –junto con el resto de público que ocupaba el local esa noche- eran los únicos que jamás verían esa función. Nunca se podría repetir de la misma manera. Ésa es la magia que comparte el teatro con la fotografía, se puede fotografiar dos veces la misma silla, pero las fotos jamás serán idénticas. Si trazamos una línea, hemos creado una dimensión; si la recortamos hasta el mínimo, conseguimos un punto con tres dimensiones. De la misma manera logran los fotógrafos y los actores de teatro reducir el tiempo hasta el instante dotando a su obra de una atemporalidad aplastante. Lo mejor del teatro era, sin duda, que el vestíbulo no olía a palomitas.

Ese viernes se sentó en tercera fila, junto al pasillo. Le habían avisado que era una obra participativa, y él odiaba que le hicieran participar, pero no encontró mejores entradas. No pasó nada durante el primer acto, sólo algunas personas de primera fila recibieron disparos de confeti. Molesto, pero poco embarazoso.

El problema llegó en el segundo acto. Sin ninguna justificación de la trama, una de las actrices bajó del escenario y empezó a preguntar a la gente por la situación más vergonzosa en la que se habían encontrado relacionada con su vida sexual. La mayoría historias eran las típicas “aquella vez que nos pillaron nuestros padres/aquella vez que nos pillaron nuestros hijos”. Bastante aburrido pero bueno, el público no cobra por actuar.

Luego vino a mí. No supe que contar. Le dije que lo más violento era no tener ninguna posibilidad de situación violenta desde hacía años. No podía dejar de mirarla. Madre mía, como hubiese querido tener una situación violenta con ella. Ahí mismo, delante de las 199 personas del público. Cuando se apartó de mí para volver al escenario, deslizó lo que parecía un trozo de papel en el bolsillo de la americana. “Luego lo leeré”, me dije. Para mantener el misterio. También para poder mirarle el culo mientras se alejaba.

La obra en general me gustó bastante. Salí a la calle, entré en un bar, pedí algo de beber. Literalmente. Le dije al camarero “Ponme algo de beber”. El camarero me sirvió algo. Algo resultó ser una bebida con mucho alcohol.

Desperté en mi casa. Bien. Recordaba la obra de teatro del día anterior. Genial. Recordé incluso que una atractiva actriz me había deslizado un papel en el bolsillo de la americana. En el papel había un número de teléfono. Cogí mi móvil y marqué el número. Contestó una voz dulce, mucho más despierta que la mía. Una voz de mujer.

    Hola.

    Hola, ¿sabes quién soy?

    Claro, compré este teléfono ayer. Eres el único que lo tienes.

    Dime, princesa, ¿qué quieres que haga con este número?

    No te hagas ilusiones. Necesito ayuda. Y tu parecías suficientemente desesperado como para ayudarme sólo por poderme mirar las tetas. Aunque no lleve escote.

    Me calaste.

    ¿Me ayudarás?

    Sí, claro. ¿Cuál es el problema?

    Estoy retenida contra mi voluntad. Me obligan a actuar en esa obra de mierda 5 noches a la semana. Yo en realidad soy contable. No sé qué hago aquí ni para qué me quieren, pero no me puedo largar.

    Perdona que sea un poco incrédulo, pero me cuesta entender que una secuestrada pueda salir a la calle, hacer cuantas llamadas de teléfono quiera e incluso probablemente, encargar algo para cenar.

    ¿Puedes venir a mi piso? La dirección es…

Me apunté la dirección en un papel, me vestí, luego me quité la ropa, me duché y me volví a vestir. No parecía que fuese muy urgente el problema. Salí a la calle, entré en el metro y en veinte minutos estaba llamando a su timbre.

Me abrió la puerta vistiendo un pijama. Nada sensual, un pijama de los que usan las mujeres para dormir cuando están solas. Aun así tenía razón. No pude evitar mirar cuarenta centímetros al sur de sus ojos.

    Siéntate.

Obedecí. Le pedí que me contara el problema. Bebió un trago de su copa -¿de dónde había salido?- y empezó a hablar.

    Hace unos días estaba aquí, en mi casa, y llamaron a la puerta. Abrí y me encontré a un hombre enorme. Era una mole. Y me saludó. Tenía una ridícula voz de pito. Tal vez sólo estoy exagerando su tamaño pero la voz sonaba como una bisagra que ya no quiere abrirse. Sólo pude fijarme en eso y en sus brazos, que terminaban en lo que imaginé que eran dos muñones. Los llevaba cubiertos con unas vendas ensangrentadas. Empezó a hablar.

   
    Necesito que me ayude. Ayer me corté las manos con una guillotina para cortar papel. Necesito…

    ¿Un chute?

    No, tienes que escribir lo que yo te dicte.

    ¿Por qué iba a hacer eso?

    Me he cortado las dos manos a mí mismo, ¿qué crees que sería capaz de hacerte a ti?

    Bueno está bien – cogí el papel para notas de la mesita al lado del sofá- ¿Qué necesitas que apunte?

    Necesitarás bastante más papel. Vamos a escribir una obra de teatro.

    ¡Pero qué dices!

    Lo harás si no quieres que te pase nada.


    Por alguna razón le creí y me asuste. Él empezó a dictar, yo a escribir. Tardamos pocos días en tener la obra escrita. Yo no soy muy aficionada al teatro, pero la verdad, era bastante absurda. Cuando terminé, me encaré con él.


    Aquí tienes tu estúpida obra.

    Esto no ha terminado, ahora tienes que representarla.

    ¡No voy a hacer eso! Tengo una vida, y pretendo seguir con ella.

    Olvídate de eso. Voy a conseguir un teatro, y un grupo de actores. Vais a representar esta obra y cada noche, escribiremos lo que ha sucedido en el teatro.

    ¿Estás loco? ¿Cada noche escribir lo mismo?

    Nunca será lo mismo. El teatro consigue reducir el tiempo hasta un instante de modo que….

    Ya ya, eso ya lo he leído en alguna parte, ahórrate el rollo.



    No sé qué hizo para convencerme, pero lo consiguió. Tal vez fuera hipnosis, tal vez me drogara, no lo sé. El caso es que dejé mi trabajo y empecé a actuar. La obra va bastante bien, sacamos dinero. Pero me siento atrapada.

    ¿Por qué no te largas sin más? Si tienes miedo de él, vete a otro país.

    No puedo, hablando con él, es como si aquel hombre no estuviera dentro de su cuerpo, como si el cuerpo estuviera vacío. Creo que de alguna manera, ha llenado su cuerpo conmigo.

    Entonces, ¿Qué puedo hacer por ti?

    Nada

Me abrazó, y se puso a llorar. Fuimos al dormitorio y terminamos, como pasa viendo una mala película, dormidos antes de empezar la acción.

Al día siguiente, de camino a casa, compré el periódico. Una vez puestas mis zapatillas, me preparé un café y me senté en el sofá a leerlo. En la sección de cultura había una crítica sobre la obra de teatro que había ido a ver el viernes. La firmaba un tal Ayurdi. Qué gran hijo de puta, pensé.

23 feb 2011

Cinco razones para no acostarte conmigo

Tiempo aproximado de lectura: 4 minutos

    Si me das cinco razones para no acostarte conmigo te invito a una cerveza, y ni siquiera hace falta que te la tomes conmigo.

    ¿A cuántas me invitas si me acuesto contigo?

    Espera, tengo que hacer un rápido examen moral para decidir si eso es simpatía o prostitución.

Llegado este punto empezó a mirarme mal. No habría sabido decir en ese momento si era un mal malo o un mal bueno. Se podrían traducir respectivamente como reprobación y lascivia, ambas palabras femeninas.

    Para empezar, no te conozco.

    ¿Con cuántos de tus amigos has ido a la cama?

    Ninguno…

    Las matemáticas no están de tu parte princesa.

Le pedí una cerveza, la pagué y me fui. No sé si me miró cuando salía, me importaba poco.

Salí a la calle y encendí un cigarrillo. Entonces me di cuenta de mi error. No debería haber salido del bar. No desde luego, sin haber bebido algo. La probabilidad de volver a encontrarme con esa chica me producía una sensación de pereza que no me apetecía afrontar, así que entré en otro bar.

    ¿Cuál es la bebida con alcohol más barata que tienes?

    El ambientador del baño.

    Ponme uno con hielo, y una copa de ginebra.

Me senté en el reservado para perdedores al fondo de la barra a disfrutar de mi bebida mientras decidía que iba a comer al día siguiente. A menudo esa era la decisión más difícil que tenía que afrontar.

    Hola, guapo.

Genial, otra mujer. A esta no tenía ganas de emborracharla. Era realmente preciosa, y los otros perdedores del bar habían empezado a mirarme mal, con algo parecido a la envidia pero más borroso. Ya me había decidido por macarrones.

    Hola, preciosa.

    Eres Ayurdi, el escritor, ¿verdad?

    Si me das cinco razones para no acostarte conmigo te invito a una copa de ambientador.

    No hay tiempo para tonterías. Ven conmigo, rápido.

No tenía nada que hacer hasta la hora de comer, y aún faltaban algunas horas. Salimos del bar, ella pidió un taxi y le dio una dirección. No tenía ni idea de donde estaba esa calle, así que probablemente no hubiese bares ni restaurantes chinos por ahí. Ya tenía unas cuantas razones para no acostarme con ella.

Paramos en medio de un polígono industrial, y me vi arrastrado al interior de una nave que tenía todas las luces encendidas. Cambio de opinión. Tenía varias razones para llevarla a la cama, o al suelo, o a las angostas escaleras por las que subimos hasta un despacho lleno de mugre que al parecer, era nuestro destino.

Sentado en una silla delante del escritorio había un hombre con aspecto de cadáver que de vez en cuando respiraba, como por casualidad.

    Adelante, ¡ayúdalo!

    Mira, nena, si no fuera porque te has dirigido a mí como “Ayurdi el escritor” te diría que te has confundido de persona. Ahora simplemente pienso que estás loca.

Entonces vino lo bueno. Más que bueno sorprendente. Más que sorprendente me cagué en todo. El viejo tenía el despacho lleno de libros míos, había centenares de ejemplares. Incluso había una plancha de corcho en la pared con más de mil servilletas de papel que había garabateado por los bares. Creí distinguir incluso una servilleta de tela de un restaurante chino con una dirección apuntada. Todo, absolutamente todo lo que había escrito estaba ahí.

    ¡Mierda! ¿Qué mierdas le pasa a este viejo? ¿Me has traído a ver a un admirador moribundo? No sé qué pretendes, princesa, ¡pero no me gusta una mierda!

    Relájate imbécil.

    ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?

    ¿No le reconoces?

    No he visto a este viejo en mi vida.

    Se llama Ayurdi

    ¿?

    Es el protagonista de tu primera novela. La autobiografía que no terminaste. Eres tú, imbécil. Él es quien ha escrito todos los libros que ganan el dinero que tu gastas en ambientador. Pero tú tienes que seguir escribiéndole a él. Si no te hubieras imaginado con treinta años más de los que tenías entonces, no le verías tan jodido. Tienes que seguir escribiendo la vida de un escritor genial, contar cuantas mentiras sean necesarias si quieres conservar tu ginebra, tu ambientador de baño y las jovencitas que tanto te gustan.

    Dame cinco razones para no acostarte conmigo y seguiré escribiendo.

    Eres gordo, viejo, un fraude, hueles mal y tendrías que ponerte de puntillas para besarme.

    Me acerqué al escritorio mientras observaba por el rabillo del ojo su sonrisa de satisfacción, pero en lugar de coger la máquina de escribir, cogí la guillotina y me rebané la mano izquierda. Ella se quedó paralizada mientras me las apañaba para cortarme la mano derecha con ayuda del muñón izquierdo.

    ¡Pero qué haces imbécil!

    Prescindir de mi editora. Adiós, preciosa, me ha encantado conocerte.

Bajé las escaleras angostas donde podrían haber pasado cosas maravillosas, y con algunos trozos de tela me vendé los muñones. Esperé más de una hora a que pasara un taxi y fui para el centro. Entre en un bar. Pedí una ginebra.

    Si me das cinco razones para no acostarte conmigo te invito a una cerveza.

    Si cuentas todos los dedos que te faltan, tienes diez razones.

Le pedí una cerveza, la pagué y me fui a casa. Solo podía pensar en cómo prepararía la mañana siguiente la salsa para los macarrones.

16 feb 2011

Biografía perfecta

Era nochevieja de 2010. Estaba solo en casa y a eso de las diez de la noche comí un bocadillo de pavo envasado y un vaso de agua para cenar. No tenía intención de hacer nada esa noche, ni siquiera enterarme del momento en que íbamos a cambiar de año, así que me puse el pijama –sin haberme duchado- y empecé a ver alguna tontería por televisión, esperando quedarme dormido.

Pasadas las doce y media seguía despierto. Ni siquiera este plan, cenar un bocadillo de pavo y acostarme temprano había llegado a buen término. Pero por lo menos estaba solo. No es que tuviera una intención especial de estar solo o acompañado, eso sencillamente no formaba parte del plan, pero parecía lógico que resultaría mucho más difícil comer sólo un bocadillo si hubiese tenido compañía. Además, seguramente me hubiese visto obligado a abrir una botella de vino y eso definitivamente, hubiese dificultado un plan tan simple.

Al ver mi plan fracasado, decidí volver a vestirme y salir a la calle. Visitando algunos bares, había una probabilidad nada despreciable de encontrarme con algún amigo para compartir una cerveza antes de irme a dormir.  Amigo no encontré ninguno, pero cervezas varias.

Se deslizó de la barra para sentarse delante de mí y ofrecerme una cerveza. Era increíblemente bella. No, esa no sería una descripción muy fiel. Estaba increíblemente buena.

Te he escogido a ti.

Pues te advierto que he bebido varias cervezas, no sé si funcionaré muy bien.

Quiero escribir tu biografía.

Ningún hombre que haya vivido menos de cincuenta años merece que cuenten su vida, no digas tonterías.

Eso lo has leído en algún sitio.

Podría ser. ¿Por qué te interesa  mi vida?

Podría interesarme la de cualquiera, pero te he elegido a ti. Es prácticamente imposible escribir una biografía completa de una persona viva. Cuando la has terminado de escribir, aún seguirá viviendo un tiempo, y todo eso no estará en tu libro. Incluso puede ser que se siente a tu lado en una firma de ejemplares. Pero yo voy a escribir la biografía perfecta. Contaré toda tu vida, y luego te mataré. Tu vida de principio a fin. ¿Qué te parece?

Desde luego como plan es brillante. Accedo, pero quiero que nos acostemos antes de matarme.

Hecho.

Por fin una noche vieja interesante. Esa mujer vino a mi casa, e incluso nos acostamos antes de empezar a trabajar. Luego empecé a contarle mi vida. Le conté que tenía 28 años y mi vida ya era una mierda. ¿Cómo puede dar tiempo en tan pocos años a estropear una vida entera? Aun no me había pasado nada realmente bueno. Aunque tengo que reconocer que el plan de fin de año salió a la perfección. Me preguntó que porque tanta resignación. Le expliqué que no era resignación, simplemente una visión objetiva de la vida. El azar es una puta que cobra cara, le dije. Si no tienes dinero, te mueres con el calentón.

Tú no vas a morir con el calentón.

Y tú no eres una puta.

Así estuvimos unos días. Yo hablaba, ella escribía. Luego cenábamos, bebíamos y a veces había sexo. Otras no. Finalmente llegó el momento.

¿Cómo quieres morir?

Me da igual – Normalmente la gente escoge la forma más rápida y menos dolorosa, pero quise hacerme el valiente delante de ella.

Te pegaré un tiro en la sien, contestó.

No sé si el libro se llegó a publicar, solo sé que  yo me llevé mi prometido revolcón y tiro en la cabeza. Ahora puedo deciros que no existe ni el cielo ni el infierno. Solo un lugar donde uno puedo seguir recordando y escribiendo.